
Es siempre honroso el rostro de la Iglesia, y si alguna vez aparece afeado, antes de acusar habrá que pensar si no han sido nuestras manos las que han llevado la mancha a su frente. Entonces, la solución ya no estará en volverle la espalda para no ver su fealdad, sino en limpiar la mano que manchó el rostro.
(Marcelo González Martín)
Feliz día del Señor. Celina








