
La Providencia lo conduce todo y conduce tu vida; nunca olvides que ella es paciente y lenta, pero llega siempre a lo que quiere.
Una paciencia semejante a la suya es el don que concede a quienes le sirven de instrumento. De este modo, cada alma tiene siempre su hora. Tú tendrás también la tuya, y bastará que la sepas esperar. No trates de anticiparla ni de violentar su curso. Tampoco digas que la Providencia, en ocasiones, no se hace visible. Ella aparece como una mano oculta, profunda, inexplicable.
Aprende a olvidarte seguro, aprende a confiar tu vida a la amorosa grandeza de Aquel que conoce el número de las estrellas y llama a cada una por su nombre.
(Manuel Marín Triana)
Feliz día del Señor. Celina